jueves 5 de noviembre de 2009

eleapostrof

La partitura del piano estaba tal y como ella la había dejado antes de marcharse. No la había tocado.

A menudo se sentaba, dejando el whiskey, el cansancio y la medianoche, y tocaba aquella melodía que se repetía en su cabeza, sin necesidad de mirar el papel. No tocaba el principio, ni tocaba el final… sólo las notas que estaban comprimidas en las dos hojas que dejaba ver el cuaderno abierto. Las notas vibraban en sus manos, como aquellas de dedos perfectos que tocaban en los momentos más inesperados. La recordaba desnuda, encogida en el asiento de terciopelo negro, en una postura muy suya, con el pie derecho bajo el muslo izquierdo, coloreando el después a un rato de amor perfecto con su música. Se unía ella a la imagen y las envolvía a las dos en la sábana blanca en la que había venido.

El whiskey sudaba y los hielos tintineaban al moverse en el vaso, cada sorbo estaba helado, pero le dejaba en cambio, en la garganta, una agradable sensación de calor. Debería haber pasado la partitura, pero las notas de esta hoja tenían demasiada fuerza, demasiado de ella.

sábado 26 de septiembre de 2009

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Cansada de andar, le ardían los pies. No había hecho más que caminar por rutas idiotas que no llevaban a mucho, no llevaban a nada, sólo al dolor, a la desazón, y al fastidio.

Se sentía como un trozo de madera, todo lo que quedó de una balsa rota por las olas del mar, que se mueve, haciendo eses sin parar y se marea. Se deja llevar por las corrientes pero ninguna le lleva a la orilla, y no puede hacer nada por nadar, no tiene brazos, no tiene piernas. Solo es una tabla. Y resiste aunque sin esfuerzo por que no tiene capacidad para hundirse. Aunque le gustaría hundirse, terminar, dejar que las algas la sepultaran en el fondo, en lo más negro y frío. Pero no puede, simplemente, no tiene peso para caer. Solo mareo, la ausencia del fondo, y la de la orilla, y nunca deja de flotar.

Y no redimía el dolor de cabeza, ni los martillazos en el cerebro ni las ganas de decir que era lo peor que le había pasado en la vida, que ojala no la hubiera conocido. Y lo peor de todo es que sentía que por primera vez esto, era verdad.

viernes 25 de septiembre de 2009

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Voy a cantar canciones en tu boca. Te voy atar con las sábanas a las lamas de mi cama. Voy a teñirte la lengua de besos. Bailaré todo tu cuerpo con los dedos, haciendo míos cada poro de tu piel. Y es que valen la pena diez mil dientes de león, eres lo más bonito del mundo mundial, universal y planetario.

Cada brisa, cada pelo, cada beso me sabe a ti, me huele a ti. Avellanas, crema, y cáscara de naranja. Cógeme por la cintura como sólo haces tú, como consigues que se me erice hasta el alma. Muérdeme y déjame en la piel tu saliva. Y hazlo, hazlo durante horas, no pares nunca, atorméntame, rómpeme, déjame exhausta, cánsame hasta el límite, pierde los cabales y no lo dejes jamás… Toca la guitarra para mí.

miércoles 16 de septiembre de 2009

Paréntesis

Que jodido es no saber que hacer. No es ni poética la indecisión, aunque sí el dolor, la furia, y las lágrimas. Estas si son poéticas, y abrasivas también. Quizá… si alguien llorase durante una eternidad, durante su eternidad, tendría la cara gastada. Empapada y fría por el agua salada en contacto con el aire; seca y ardiente, por el calor de las lágrimas al brotar y la quemadura.

sábado 12 de septiembre de 2009

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Cada mirada, está impregnada de cierto sentimiento que se refleja con facilidad si sabes percibirlo. Y esta estaba saturada de un tipo de amor, fuerte e irracional, casi primitivo. Impresa de intensidad le procuraba a su receptora unas sensaciones estremecedoras, casi al borde del miedo por semejante vehemencia. No era quizás consciente de los sentimientos que despertaba toda ella, del oro de su propia existencia. La importancia de cada palabra, si era ella la que la pronunciaba. Entonces cobraba vida y las letras hacían composiciones excepcionales bailando y tarareando pegadas a la mejilla, muy cerca del oído. Todo era posible, cuando en un sueño aparecía ella, y así se hacían todos maravillosos dándole a la noche una magia que no existía cuando reinaba su ausencia en el argumento. De esta forma el paisaje que encerraba un simple beso era de color azul, un árbol violeta con cerezas de colores, y ocupando las dos, el asiento del copiloto de un escarabajo pistacho destartalado. Las mariquitas podían comerse cada pieza de su ropa hasta dejarla desnuda, erizada, con cierto temblor en los labios y un brillo lascivo en la mirada. Una mirada que por una vez, mientras dormía, le devolvía por fin la intensidad, la fuerza, el amor.

viernes 11 de septiembre de 2009

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Cada texto, cada palabra le hacía llorar. Todas.
El aire acondicionado la ahogaba, tenía fríos los pies, las manos, un nudo en la garganta. Se hubiese dejado abrazar por el más sutil atisbo de cariño, un rayo de sol, un susurro del viento, otra caricia en la mejilla… Pero hacía calor, estaba nublado y las hojas de los árboles seguían estáticas. Le hubiese gustado poder escuchar un solo acorde de la guitarra, pero incluso le costaba imaginarlo. Si lo lograba, procuraba mantener la nota en su cabeza, y alargarla, formando un sonido estable, ininterrumpido, como una ola de mar permanente en sus oídos que durante pocos segundos lograba refrescarla, y hacerla sentir allí. Le gustaba esa sensación, la del frío cuando el agua, espumosa y agitada la envolvía poco a poco el cuerpo, la piel de gallina, el pecho y el pelo erizados. Ponerse de puntillas mientras se adentraba para que el nuevo frío tardase más en llegar a la piel seca, tibia todavía. Y ese ruido, que va y viene conforme las olas vienen, y van. Ella conseguía mantenerlo, estabilizarlo, deseando mantener la sensación de paz que normalmente rompía el sonido del teléfono, las migrañas o un grito de socorro.

jueves 10 de septiembre de 2009

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Qué curioso el diábolo. Cómo gira a una velocidad de vértigo. Ella lo controla, lo hace bailar, y la música la marcan sus manos. El diábolo vuela, salta sólo y sube unos cien metros, se siente feliz y extasiado, acaba de empezar y ha sido fuertecito, baja con la meta de sentarse en la cuerda. Lo mete entre las piernas y juega a hacerlo pasar de un lado de esta a otro, lo lanza y no para de girar, en sus manos no se distinguen líneas, es todo borroso por la velocidad y aun así me parecen preciosas. No se marea, está acostumbrado a girar y rodar, a subir y bajar, y solo quiere volver a volar asíque coge impulso y termina rozando las nubes desafiando al viento sabiendo que caerá justo donde quiere caer. Está concentrada, lo noto en sus ojos, ella sabe qué hará el segundo después, improvisa al instante y su número inventado y sin ensayar le queda perfecto.
El diábolo sabe que todo se debe a su desmesurada destreza y equilibrio. Le pregunto dónde lo aprendió, y se lo enseño un mendigo al que ha perdido la pista.